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Adriano: el rebelde de Villar de Vildas

Adriano se marchó de Villar de Vildas porque sus padres no podían darle
una educación y regresó 30 años después de llevar una vida loca entre
Bruselas y Canarias. Al regresar, a pesar de que sus vecinos no lo creían,
fundó el hotel rural La Corte.

Autor: buscandohistorias.com

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VÍDEO HISTORIA

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Cuando Adriano salía de la escuela acostumbraba a subir
a lo alto de una montaña de Villar de Vildas para cuidar
de las vacas que tenía su familia. Lo que más le gustaba
de estar ahí arriba era observar a una mujer mayor que
dejaba enfriar la leche ordeñada por las mañanas en una
olla de barro. Con la nata que quedaba en la parte superior
preparaba la mantequilla.

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El proceso se hacía de forma artesanal dentro de una ollera de
piedra construida a ras del suelo que Adriano acostumbraba a
llamar “la nevera de los celtas”. Por aquel entonces en este
pequeño pueblo de Asturias no había nevera o carreteras como
las entendemos ahora, “aquí no llegaban coches, había que
hacer la ruta hasta donde se podía coger el primer coche que
eran 20 km en burro o caballo”.

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Los tiempos era muy duros en aquella época. En la casa de Adriano no
tenían pan para comer todos los días y algunas veces intercambiaban
alguna hogaza con los vecinos. Su padre fabricaba madreñas con la
madera de las hayas o los abedules del monte y Adriano no quería
aprender a fabricarlas por miedo a acomodarse en el oficio.

“Yo quería ir a la escuela, si un día me querían castigar me decían,
¡hoy no vas a la escuela! Era el peor castigo que me podían dar. Por
obedecer a mi padre aprendí a hacerlas y le dije que no quería saber
más, me fui corriendo”.

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La madre de Adriano trabajaba muchas horas ahí arriba
cuidando del ganado como muchas otras mujeres del pueblo.
Su abuela María, que había vivido más de 20 años en Madrid
durante la Guerra Civil, regresó a Villar de Vildas para cuidar
de Adriano porque sus padres no podían hacerse cargo de él.

La abuela María acostumbraba a contarle a Adriano muchas anécdotas
y vivencias de Madrid que eran tabú en aquella época. A Adriano se le
iluminaban los ojos cuando le explicaba todo aquello y soñaba con salir
del pueblo a cualquier otra parte para poder ver el mundo con sus propios
ojos. Tanto era así, que cuando cumplió 16 años suplicó a un grupo de
jóvenes que trabajaba en Bruselas que convenciera a su padre para que
le dejara marchar con ellos.

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“Mi familia no tenía medios para darme una educación,
mi padre lo mejor que hizo seguramente contra su voluntad
y con mucho dolor fue dejarme marchar, fue la mejor carrera
que me podría haber dado. No tenía ni siquiera el dinero
para que yo pudiera viajar, se lo dejó un vecino”

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Con la maleta de cartón de su abuela María, Adriano subió a
un tren de madera para cambiar el rumbo de su vida. En los
años sesenta en España los pasajeros viajaban sentados
sobre las maletas que estaban amontonadas en los pasillos,
“no podía estar mucho tiempo sentado sobre la maleta porque
llevaba muy pocas cosas y se podía romper, llevaba una o dos
camisas y unos pantalones, no tenía casi nada, pero mi ilusión
no cabía en la maleta”.

Cuando Adriano llegó a la frontera de Francia subió al siguiente
tren que le llevaría hasta Europa y los pasillos estaban vacíos,
había asientos disponibles para todos. Sentía que había cruzado
a otro mundo, al progreso.

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Adriano llegó sin papeles a Bruselas y comenzó trabajando en una cámara
de despiece de una carnicería a una temperatura bajo cero, pero pronto
saltó a la hostelería, trabajó como modelo y llegó a crear su propio grupo
de música. Viajaba a Londres, París, Roma…

“Nos fuimos al festival de Cannes dos italianos y yo porque nos creíamos
unas estrellas. ¡Estábamos locos! Nos creíamos los reyes del mambo,
éramos jovencitos, íbamos de guapos, trabajábamos, ganábamos bien,
nos comprábamos el modelo de última hora. Dormíamos en el tren, en el
pasillo, no nos importaba nada. ”

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La vida de Adriano en Bruselas nada tenía que ver con la que
había dejado atrás en en la rural Villar de Vildas, y el contraste
se hacía evidente cuando se dejaba caer en el pueblo en
vacaciones con unos pantalones acampanados, camiseta corta
y unas botas altas que eran el último grito en Bruselas, mientras
en el pueblo vestían con una camisa blanca o azul.

Era principios de los setenta y parecía que todo estaba hecho y
cortado a medida en un pueblo que prácticamente vivía aislado
del resto del mundo.

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“Mi padre me dijo una vez ‘hombre, si te cortaras el pelo, si no tienes
dinero te lo doy yo’. Y le dije ‘papá yo vengo aquí 10 días de vacaciones
y el resto del año vivo donde vivo y todos van como voy yo, con lo cual
no lo voy a hacer”.

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Adriano ascendió tan rápidamente en Bruselas que llegó a ser el gerente
de una de las cafeterías de moda de la ciudad. Sin embargo, aunque
profesionalmente estaba teniendo mucho más éxito de lo que nunca pudo
imaginar cuando vivía en el pueblo, se sentía muy agobiado por haber
asumido tanta responsabilidad y dejó a un amigo suyo en su cargo para
marcharse a Canarias.Trabajó como dj en una discoteca de Gran Canaria.
Fue jefe de restaurantes. Ganaba mucho dinero en aquella época, pero
trabajaba 18 horas diarias y cogió una depresión que terminó asociando
al dinero.

Adriano regresó a Villar de Vildas en 1994 donde estaba reconstruyendo una casa
para llevar la contraria a su padre, que siempre pensó que no regresaría al pueblo.

“La vida te va cambiando ella sola, dos años antes si alguien me dice que vuelvo al
pueblo pensaría, ¡están muy locos!, y volví yo solo sin que nadie me lo mandara”.

Pronto la casa se convirtió en un hotel rural que llamó La Corte, que significa establo,
porque estaban las vacas anteriormente donde situó la cafetería.

“Mi padre murió cuando el hotel estaba en obras y nunca pudo verlo terminado, me
hubiera gustado que lo viera para demostrarle que había llegado a tener algo en la vida”.

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Cuando Adriano abrió el hotel La Corte la mitad del camino todavía era una
pista forestal y los camiones no podían llegar con los materiales y todo lo que
hacía falta. Al comenzar el proyecto de la cafetería del hotel no podía poner
la cafetera porque la potencia de la luz no era suficiente. En el pueblo había
un solo teléfono en un bar y la propietaria apuntaba en una libreta los nombres
de las personas que llamaban para reservar habitación, Adriano llamaba por la
noche a los clientes para darles la reserva.

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“La gente te preguntaba cerca de qué ciudad grande estabas
para situarse un poquito y yo les decía ‘lo más cerca es Oviedo
que está a 85 km’. Al final terminé diciendo ‘mire esto es el fin
del mundo, estamos cerca del cielo’ el nombre me lo puso un
titular de La Vanguardia y eso a la gente le caía muy simpático.”

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A pesar de las dificultades, Adriano consiguió poner el hotel a punto y le añadió
la hospitalidad de un hogar. Pronto llegaron los primeros turistas.

“No está bien que lo diga yo, pero creo que he contribuido a poner en el mapa
a Villar de Vildas. Estoy orgulloso de que mi madre me haya parido rebelde”.

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Villar de Vildas ha dejado de estar aislado gracias a las carreteras y se puede
llegar al pueblo en un autobús de Alsa que sale todos los días desde Oviedo
hasta Aguasmestas a las cinco de la tarde, haciendo un trayecto de una hora
y media. Una vez en Aguasmestas hay que recorrer 12 kilómetros en taxi para
llegar el pueblo (Taxi Aguasmestas: 985 76 32 51).

Ver en Google Maps

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Otra opción es viajar en coche desde Oviedo. Para ello hay que
coger la autopista N-634 e incorporarse a la A-63 en dirección
Grado, tomar la salida 28 hacia la AS-15 y continuar por la AS-227
hasta Aguasmestas, donde hay que girar a la derecha atravesando
varios pueblos hasta llegar a Villar de Vildas.

Ver en Google Maps

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La Pornacal parece el poblado de Astérix y Obélix por las cabanas de teito
con techo de escoba donde antes vivían personas pero ahora se utilizan
para guardar el ganado.

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La braña se encuentra a 4 kilómetros de La Corte, a una hora a pie.
Para llegar tendremos que caminar hacia la zona alta del pueblo
donde encontraremos una señalización de uso exclusivo ganadero
y avanzaremos siguiendo el curso del río Pigüeña.

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Cocina con Adriano

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Las madreñas son el calzado típico de Asturias
y están hechas de una sola pieza de madera,
con un tacón bien marcado y dos tacos delanteros.
En el pueblo de Villar de Vildas antes no tenían
otro calzado, sin embargo con la llegada de la
globalización todavía lo utilizan porque aíslan del
barro o la humedad y son los más prácticos.

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Adriano aprendió a fabricar las madreñas con su padre, que era madriñeiro y las hacía
con un tronco que iba tallando con un hacha y una zuela de hierro, una herramienta
parecida a un martillo con una hoja cortante a cada lado. Después se vaciaba por dentro
y se añadían unas gomas en los tacos. Una vez terminado este proceso, solo faltaba
pulirlas antes de salir a caminar por el pueblo.

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La Maleta

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Fotos en los aviones

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La escuela

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