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Los chicos de Kanlungan

Antonhy, David y Raymond fueron abandonados por sus padres
en Manila y han podido rehacer su vida gracias a una oenegé.

TEMPORADA 1
Diciembre, 2012 Manila · Filipinas
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Los chicos de Kanlungan


TEMPORADA 1

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“Si volviera a ver a mis padres les pediría que me perdonen lo que hice. Mi padre algunas veces me pegaba cuando estaba bebido, pero no quería hacerlo”

Anthony tiene 20 años y huyó de sus padres adoptivos cuando tenía 11 años. Sus padres le forzaron a dejar los estudios para cuidar a sus hermanos pequeños y vender cacahuetes para ayudar económicamente a la familia. Su padre bebía y muchas veces abusaba físicamente de él. Anthony le tenía miedo. Un día perdió el dinero del jornal y su madre le dijo que estaría muy enfadado, así que decidió irse de su casa asustado y no ha regresado nunca.

“Todavía no estoy preparado para volver”

Durante dos años Anthony vivió en las calles de Roxas Bolevard, en el puerto de Manila, pidiendo dinero para comer. Sus padres no intentaron buscarle o contactar con él.

“Puedo entenderlo, no era su verdadero hijo. Cuando era pequeño intenté preguntar quiénes eran mis padres pero nunca me contestaron, me dijeron que simplemente me adoptaron”

La suerte de Anthony cambió el día que se encontró con un sacerdote que le llevó a un centro de acogida.

Anthony conoció a Raymond y David en Kanlungan, una organización que actúa como refugio para los niños perdidos. Los tres establecieron una buena amistad, sin embargo Anthony parece es el más independiente, mientras que Raymond y David son como una piña. Lo que les une a los tres es haber tenido una infancia dura y complicada, falta de cariño y lejos de sus familias.

David tiene 23 años y su madre le abandonó en Kanlungan cuando tenía 5 años.

“Creía que nos íbamos a quedar sólo una noche para descansar, pero se marchó al día siguiente. Lloré mucho, dijo que volvería a por mí”

La madre de David se había divorciado y trabajaba como mano derecha del gerente de un local nocturno, sin embargo su sueldo no era suficiente para mantener a sus tres hijos. “Trabajaba en un bar donde las mujeres empezaban a trabajar con 15 años, bailaban desnudas y algunas veces entretenían a los clientes con vestidos cortos o bailando para ellos, pero no eran prostitutas”.

Las dos hermanas mayores de David se fueron a vivir con sus tíos, y como él era el más pequeño, su madre le llevó a Kanlungan.

David se siente afortunado por haber conocido a su familia y es consciente de que muchos otros niños de Kanlungan no saben lo que significa tener una madre. Sin embargo, cuando piensa en su infancia le vienen inmediatamente a la cabeza los recuerdos del día que su madre le abandonó en la organización cuando era tan sólo un niño pequeño.

Kanlungan

Raymond tiene 24 años y no tuvo la suerte de saber quiénes son sus padres, nunca los conoció, no sabe por qué le abandonaron y qué edad tenía cuando esto sucedió Lo único que conoce de su infancia es que estuvo en otra organización que cerró y le llevaron a Kanlungan.

“En Kanlungan han sido mi verdadera familia, gracias a ellos me he sentido querido y he aprendido a tratar con las personas”

Anthony, David y Raymond se conocieron en la granja de Kanlungan, una gran plantación de café situada en Batangas, al sur de la isla filipina Luzón, donde dormían en una pequeña caseta junto a otros quince niños en colchones repartidos por el suelo.

En la granja les dieron comida y educación. Y ahora que se han hecho mayores, les han dado un trabajo para que ganen un sueldo y paguen un alquiler para ser independientes.

Los chicos trabajan desde hace dos años en Ksem Kafe, una cafetería del centro de Manila que pertenece a Kanlungan, donde venden el café que cultivan en la finca, mientras que otros niños de la organización trabajan en la tienda de al lado vendiendo muebles japoneses de importación.

Una gran parte de los beneficios de estos dos negocios están destinados a ayudar a otros niños a ir a la escuela, ya que la organización, además de ayudar a los niños de la granja, también da soporte a los niños de las calles de Manila que no han tenido la suerte de Raymond, David y Anthony.

Raymond es el encargado de preparar el café en Ksem Kafe y hace unos bonitos diseños a mano que aprendió a hacer en Youtube y perfeccionó estudiando posteriormente en una escuela de Manila.

Cuando Raymond ve cómo sus clientes disfrutan con sus diseños en la taza de café, se siente sorprendido y feliz. Sin embargo, dice que no es lo que quiere hacer “pero es lo que Dios me ha dado y estoy muy agradecido”. Tampoco tiene claro lo que le gustaría hacer en un futuro. “De pequeño quería ser jugador de baloncesto, pero soy muy bajito”.

David lleva la contabilidad de la cafetería y secunda a Raymond preparando el café. Con su salario ha alquilado una habitación a su madre, con la que se reencontró en Manila hace un año con la ayuda de una asistente social. Antes del reencuentro David vivía en la cafetería, sin embargo, pensó que pagando un alquiler a su madre podría ayudarla a llegar a fin de mes.

Anthony, por otro lado, prepara los sándwiches y pasteles de Ksem Kafe, y con los seis mil pesos que gana cada mes, ha alquilado una pequeña habitación en una barriada de Manila un tanto caótica y decadente, a pocos minutos de la cafetería.

Los tres chicos hacen un trabajo minucioso e impecable en Ksem Kafe y llevan una vida que nunca hubieran imaginado cuando fueron abandonados por sus familias.

Tienen un sueldo, un trabajo y una vida repleta de cariño. Sin embargo, les gustaría tener cerca a sus padres. Mientras Raymond sueña con haberles conocido, y Anthony desea volver al pasado para no escaparse de casa, David intenta ejercer de hijo perdonando a su madre lo que hizo.

Agradecimientos: KANLUNGAN SA ER-MAMINISTERY. INC. y Friendly’s Guesthouse.

Autores: Ana Salvá / Joan Planas